miércoles, 7 de febrero de 2018

HÁBLALE A TU MENTE

El reto mental es uno de los más grandes que todos enfrentamos en nuestra vida, ese desgaste mental. En Mateo 4, vemos que esa primera tentación que llega a la vida de Jesús es por una necesidad física. Claramente, la Biblia nos dice que, después de cuarenta días y cuarenta noches de ayuno, le dio hambre; y el enemigo aprovecha para tentarle. Aquella sensación física abrió la puerta para que el enemigo tentara a Cristo. La manera en la que el enemigo toma autoridad sobre nuestros pensamientos es por medio de un desvío a través de nuestras sensaciones. Si él logra apoderarse de una sensación emocional, se apodera de tu mente, porque Dios no trabaja a través de tus sensaciones; Dios sujeta tu mente a través de la fe, que no se puede sentir.

Pablo, estando preso, en medio de un momento difícil, le escribe a la iglesia en Filipo:

“18 ¿Qué, pues? Que no obstante, de todas maneras, o por pretexto o por verdad, Cristo es anunciado; y en esto me gozo, y me gozaré aún. 19 Porque sé que por vuestra oración y la suministración del Espíritu de Jesucristo, esto resultará en mi liberación, 20 conforme a mi anhelo y esperanza de que en nada seré avergonzado; antes bien con toda confianza, como siempre, ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte. 21 Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.” Filipenses 1:18-21

Si analizamos estos versos, vemos un hombre batallando mentalmente. Está preso, y está diciendo: Sé una cosa, no voy a ser avergonzado. Esto significa que, en su mente, el miedo que él tenía era precisamente ser avergonzado. Y añade que su fe le decía que sería liberado, pero aun si moría, para él, el morir era ganancia. Esto es un hombre hablándole a su mente, expresando su batalla interna, porque se encuentra en unas circunstancias que le son contrarias a su deseo, y al propósito de Dios para su vida. Estaba en una situación para la cual él no fue creado, algo para lo que no fue llamado, y ahora tiene una batalla mental, pensando cómo salir de esa situación. Y lo primero que le venía a la mente era: Vas a quedar en vergüenza, estás preso, no vas a completar la obra. Y Pablo se habla a sí mismo, diciendo que estaba tranquilo, porque sabía que todo aquello terminaría siendo para bendición, que Dios lo iba a libertar. Y a aquellos que le hicieran pensar que lo matarían, él tenía algo que decirles: Para mí, morir es ganancia. Así que Pablo se habla a sí mismo, por la contradicción que hay entre lo que Dios lo llamó a hacer, y las circunstancias en las que él se encuentra. Y esta es la batalla que tenemos nosotros en nuestra vida.

Llegamos a Jesús, se abre nuestra mente, nuestro interior, se crean expectativas; pero las circunstancias no guardan relación con las expectativas, y en vez de cuestionar las circunstancias, cuestionamos nuestras expectativas y lo que Dios quiere para nosotros. Tu mente, en vez de llevarte a pensar que tus circunstancias no son reales, te lleva a pensar que son tus expectativas las que son irreales. Y es ahí que está la lucha.

Pocos llegamos al Señor cuando todo está bien; llegamos cuando hay una necesidad, un vacío, y nos damos cuenta que solo Dios lo puede llenar. Y, cuando llegamos a Dios, no solo se suple nuestra necesidad, sino que se nos abre un mundo de nuevas expectativas; comenzamos a soñar con lo que podría ser; pero, muchas veces, nuestras circunstancias no guardan relación con lo que estamos esperando. Entonces, en vez de cuestionar tus circunstancias, cuestionas a Dios, y cuestionas si tus expectativas se van a cumplir o no. Y esa batalla la ganamos o la perdemos en nuestra mente.

Nosotros le tememos a las pérdidas, pero no a las materiales. El dolor que sentimos nunca es por lo material, sino que ahora todos los planes que teníamos con aquello que hemos perdido, también se desvanecen. El dolor de un divorcio no es tan solo perder a una persona, sino que los planes que tú habías hecho con esa persona, desaparecen; se va la persona, y desaparece la casa que ibas a comprar, el carro que querías tener, los hijos que planeaban; lo que duele es que pierdes los planes que tenías para el futuro. Y lo que duele es preguntarte cómo cumples tus planes, sin lo material que tú pensabas que era lo que te daría lo que tú querías. Pero, como creyentes, tenemos que saber que nuestros planes no desaparecen porque naturalmente tengamos una pérdida; algunos planes sufrirán cambios, pero los planes de Dios siempre se van a cumplir en tu vida.

Tu familia no se destruye porque se pierda una casa, porque se pierda un carro; una iglesia no se cierra porque pierda un edificio. Las cosas en el mundo espiritual no se pierden porque el mundo natural cambie; tu trabajo no se pierde porque tú pierdas el carro, o viceversa. El que piensa lo contrario, piensa que es lo material lo que suple sus necesidades; entonces, Dios no era tu Dios, sino el trabajo en el que tú confiabas para pagar tu carro y tu casa. Cuando tú entiendes que el trabajo no es lo que paga tu carro y tu casa, entonces, el día que tu trabajo falta, no tienes miedo; el Dios que te dio el trabajo, te va a suplir para el carro y para la casa.

Háblale a tu mente, a tus circunstancias. No serás avergonzado, porque tu confianza está puesta en el Dios Todopoderoso. Tus expectativas, y lo que Dios quiere para ti, va a prevalecer, por encima de tus circunstancias.

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