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lunes, 17 de julio de 2017

NADA HARÁ TAMBALEAR TU FE

Nuestro Dios a quien adoramos, puede librarnos de las llamas del horno y de todo mal que su majestad quiere hacernos, y nos librará. Pero, aún si no lo hiciera, sepa bién su Majestad, que no adoraremos a sus dioses, ni nos arrodillaremos ante la estatua de oro. Daniel 3 : 17, 18.

Cuando tenía diecinueve años, viajé a un país lejano como misionera. En aquellos días me hicieron muchas preguntas extrañas, como por ejemplo «¿Cómo es la nieve?» o «¿Eres amiga de Brad Pitt?». Un muchacho incluso me pidió que lo visitara de madrugada para «estudiar la Biblia» con él. Pero la pregunta más importante que me hicieron es esta: «¿Por qué adoras a Dios?». Parece una pregunta sencilla, pero no lo es.


Detente a pensar por un momento en por qué adoras a Dios.
Mucha gente lo adora porque espera recibir algo a cambio, como bendiciones, buena suerte, estabilidad, éxito y por supuesto, el cielo. No me malinterpretes, todos recibimos bendiciones de Dios, pero ¿es esa una buena razón para adorarlo? Si tu razón para adorar a Dios es recibir sus bendiciones, ¿qué pasará cuando las cosas te vayan mal, cuando no recibas lo que esperas o cuando Dios parezca guardar silencio? Si lo adoras solo porque esperas algo a cambio, cuando no recibas lo que esperas corres el riesgo de darle la espalda. ¿Cómo podemos evitar q ue suceda eso?


Los tres jóvenes de Daniel 3 tienen la respuesta. Sadrac, Mesac y Abed-negó recibieron la orden de inclinarse ante la estatua gigante de Nabucodonosor y se negaron a hacerlo porque adoraban a Dios. Cuando fueron llevados ante la presencia del furioso rey y se les dijo que o adoraban a la estatua o serían echados a un horno de fuego, ellos hicieron la afirmación más valiente de todos los tiempos: que su Dios era capaz de salvarlos del fuego pero, si no lo hacía, ellos igualmente lo adorarían solo a él.


Ahí está la respuesta: adorar a Dios pase lo que pase, ya sea que nos salve o no; ya sea que nos dé bendiciones o no; ya sea que responda nuestras oraciones o guarde silencio.


Cuando decidimos servir y adorar a Dios pase lo que pase no hay nada en el mundo que pueda hacer tambalear nuestra fe; ni las dificultades, ni una oración sin contestar, ni siquiera nuestras dudas. ¿Por qué adoro a Dios? Porque me ha creado, porque murió por porque lo amo, no importa si me da bendiciones o no, 

¿Y tú, por qué adoras a Dios? ¿Eres lo suficientemente valiente como para adorarlo pase lo que pase? Si es así, ninguna circunstancia podrá hacer tambalear tu fe ni tu lealtad a él.

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