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domingo, 4 de junio de 2017

Vuelve a Encender el Fuego Apagado

1 Tesalonicenses 5:19

Un matrimonio viajaba en automóvil. El marido iba conduciendo y ella miraba pensativa por la ventana. En un momento, ella lo miró y suspirando le dijo: -Querido, ¿te acuerdas cómo, cuando éramos recién casados, yo te abrazaba tiernamente mientras conducías?- El marido, luego de un breve silencio, le contestó: -En lo que a mí respecta, todavía estoy sentado en el mismo lugar-.
Así puede sucedernos en nuestra relación con Dios. Algunos viven añorando los tiempos de su conversión cuando vivían para Dios, tenían momentos maravillosos con el Espíritu Santo y predicaban todo el tiempo. Pero después, ¿qué ha ocurrido? Hoy la relación puede estar más distante, sin embargo Dios sigue estando en el mismo lugar.


La relación con el Espíritu Santo se cultiva tan tiernamente como el romance en el matrimonio. Dios siempre está dispuesto a llenarnos con su presencia, a dialogar en lo secreto de nuestra oración. Somos nosotros mismos los que nos vamos alejando de Él, los que a veces no buscamos una relación más íntima.
¿Dónde está nuestra adoración, nuestro corazón enamorado? ¿Y el silencio en su presencia? ¿Y el momento de escuchar su voz? Ese nivel de comunión se tiene que cultivar. Por su parte, la disposición de Dios para el encuentro es total. Su Espíritu nos anhela celosamente. Su amor quiere derramarse sobre nuestra vida, pero a veces nuestra actitud distante lo impide.


Cultivando


Cuando nos referimos a la palabra cultivar estamos haciendo referencia a “cuidar lo plantado y obtener frutos de ello”. Llevándolo a lo espiritual esto significa que Dios ya ha sembrado su amor en nuestra vida, y nos toca a nosotros hacer nuestra parte. Cuidar lo que hemos aprendido para ponerlo por obra y así también poder ayudar a otros a conocer más de Dios y su Reino. Y cuando hablamos de “obtener fruto” se refiere a poder vivir experimentando en nuestro carácter el fruto del Espíritu Santo (Gálatas 5:22-23) disfrutando de la libertad que hemos recibido por medio de la fe (Gálatas 5:1). Es por ello que para vivir cada día en plenitud, debemos buscar a Dios. Él desea que lo encuentres, Él siempre está a tu lado, en el mismo lugar (Josué 1:8-9).


Manteniendo la llama


Sin embargo, podemos preguntarnos ¿se puede apagar al Espíritu Santo?
En esta epístola, el apóstol no se refiere a un ataque contra la presencia de Dios, sino más bien a actos sutiles que poco a poco van enfriando nuestra propia relación con el Señor.


Cuando Pablo les anima a los cristianos de Tesalónica a que no “apaguen el Espíritu”, se refiere al termino “sbennumi” que alude a “extinguir el fuego”, esto ocurre cuando no le permitimos al Señor guiarnos en nuestro andar diario, cuando no le damos libertad, sino que escuchamos más las voces de las costumbres de este mundo, o tal vez de temores o tentaciones, para que hablen más fuerte que su dulce voz.
Sube al monte, con Jesús


Jesús mismo, cada mañana se apartaba a un lugar solitario para reavivar la llama, la intimidad, la comunión con Nuestro Padre Celestial (1 Marcos 35:36). Fue así como pudo transitar por esta Tierra alejándose del pecado y del maltrato de la gente para poder amar a cada uno y experimentar maravillas hasta su último aliento.


Tal vez en esas reuniones íntimas volvía a perdonar a quienes lo criticaban, volvía a reavivar el amor por quienes lo rechazaban, volvía a tomar dirección para entender cuál era el plan de Dios para cada ciudad y persona y la estrategia celestial para hacerlo. Jesús pasó por situaciones críticas, sin embargo nos enseñó que si estamos conectados con el Cielo, ya no hay límites en esta tierra. Jesús nos sigue enseñando a no desanimarnos, a no tomar decisiones en base a heridas o temores, sino a aferrarnos de su mano victoriosa y avanzar hacia lo que tenemos por delante.


Es por eso, que tenemos hoy la posibilidad de cultivar nuestra relación con Dios cada día, despojándonos de lo que no nos edifica. Es necesario que reflexionemos acerca de nuestro carácter para poder ver su obrar en nuestra vida (San Juan 3:30). No permitamos que nuestras debilidades bloqueen nuestro crecimiento espiritual. Mejor, imitemos a Jesús y despojémonos del rencor, la crítica, las heridas del pasado, los pecados, etc… y plantémonos donde el Señor nos ha puesto. Sin duda estamos en un lugar bendecido, en un tiempo clave para también ser de bendición.

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