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viernes, 23 de junio de 2017

Dios, ¿por qué a mí?

Arthur Ashe, fue un gran tenista afroamericano nacido en 1943, en Virginia, Estados Unidos.
Ashe se convirtió en una leyenda del tenis profesional. En 1963 fue el primer jugador afroamericano en formar parte de un equipo estadounidense de Copa Davis; en 1968 ganó el Abierto de los Estados Unidos (su primer Grand Slam) y llevó al equipo norteamericano a consagrarse campeón de Copa Davis; en 1970 obtuvo su segundo Grand Slam, al ganar el Abierto de Australia; y en 1975 ganó el título en Wimbledon.


Además de estos y otros éxitos en el tenis, Arthur Ashe fue un gran luchador contra las políticas de segregación racial en Sudáfrica, debido a que en 1969 le fue negada una visa de parte del gobierno sudafricano por ser negro.
Pero su prueba más difícil la enfrentó en 1988 cuando un examen reveló que había contraído el VIH (Sida) por unas transfusiones de sangre que recibió a raíz de una operación de corazón abierto.


Al ser una importante figura pública en el ámbito deportivo norteamericano, recibió grandes cantidades de cartas de todo su país. En uno de los mensajes un fan le dijo: ¿Por qué Dios tuvo que seleccionarte a ti para tan fea enfermedad?
Arthur Ashe respondió:- En el mundo hay 50 millones de niños que comienzan a jugar al tenis, 5 millones aprenden a jugarlo, 500.000 alcanzas un nivel profesional, 50.000 entran al circuito profesional, 5.000 logran jugar en torneos importantes, 50 llegan a Wimbledon, 4 a las semifinales y 2 a la final. Cuando yo estaba levantando la copa nunca pregunté: “Dios, ¿por qué a mí?” Y hoy con mi enfermedad y mi dolor tampoco preguntaré: “Dios, ¿por qué a mí?”


Generalmente los seres humanos nos dedicamos a culpar e interrogar a Dios por nuestras desventuras, por las cosas que salieron mal, por una enfermedad, la pérdida de un empleo, la partida de un ser querido, la traición de un ser amado, por los problemas económicos y muchas cosas más. Pero cuando estamos siendo bendecidos, cuando recibimos un reconocimiento, estamos rodeados de gente que nos ama, cuando podemos despertar y gozamos de salud o cuando hemos alcanzado un gran éxito no le preguntamos a Dios ¿Por qué a mí? Es más, pensamos que es algo merecido, que tenemos mucho mérito y que Él tenía la obligación de bendecirnos


Este gran tenista nos deja una lección muy valiosa, porque no sólo se trata de interrogar a Dios cuando algo malo nos sucede, ni que nos acordemos de Él sólo en las tribulaciones, sino que debemos ser agradecidos en todo tiempo, reconocer que si hemos recibido cosas buenas son por su gracia.


“Dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo” Efesios 5:20


Da gracias a Dios siempre y confía en sus planes perfectos, que si Él permite una prueba es porque tienen un gran plan para tu vida.

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