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domingo, 4 de junio de 2017

DALES TÚ DE COMER

Compasión es un estado espiritual, donde tú ves la necesidad de otro, pero más allá de eso, entiendes que su sufrimiento es porque todavía no ha recibido la verdad de Cristo en su vida. Cuando caminas en ese estado espiritual, entiendes que la compasión no se demuestra meramente dando, sino de enseñando.

Dondequiera que Jesús iba, enseñaba; luego, hacía milagros, alimentaba, ayudaba. Él sabía que lo que él vino a hacer fue proclamar el evangelio de Dios, el evangelio de reconciliación; y, si algo quita el sufrimiento de tu vida, es saber que ya no hay nada que te separe de Aquel que te amó por encima de todo y envió a su Hijo a morir por ti en la cruz del Calvario. Si algo remueve tu sufrimiento, es saber que no tienes que vivir como vives, que puedes ser feliz, que puedes cambiar, que te puedes levantar porque hay alguien que se entregó por ti. Cuando tú recibes esto, el sufrimiento se va.

Cuando recibes la Palabra del Señor, cuando prestas atención a estos mensajes, tus problemas pueden seguir igual, pero tú ya no los sufres como antes; ahora tienes esperanza de que pronto saldrás de ellos, porque tú te has agarrado del Dios Todopoderoso.

Hay líderes políticos, por ejemplo, que han expresado no creer en Dios. Esto es muy lamentable, porque le quita a la gente lo único que les queda para salir de su situación; porque, si tú no te hubieras agarrado de Dios, no estarías donde estás hoy, tu vida no hubiera cambiado, estarías tomando pastillas. Pero un día llegaste a la iglesia, y se te dio más que un plato de comida, se te enseñó la Palabra, se te dijo cómo puedes salir de eso, que puedes ser libre, fuiste discipulado, se te dio un verso bíblico, y tu vida cambió para siempre, no por lo que se te dio, sino por lo que se te enseñó; y hoy tú eres libre por causa de esa Palabra, que fue la que cambió tu vida. Si tú entiendes esto, vives en agradecimiento. Y lo más grande que tú puedes hacer es enseñarle a alguien a creer, a tener fe, enseñarle para que se ponga sobre sus pies.

Cuando Jesús hablaba a las multitudes, la gente tenía hambre porque él enseñaba y enseñaba, tanto, que a la gente se le pasaba la hora. Hoy, en los servicios, tenemos que ofrecer los panes y los peces para poderte enseñar por quince minutos; hay que buscar atractivos para la gente. Pero lo que cambia tu vida no son los panes y los peces, sino que se te enseñe, a través de la proclamación del evangelio, quién es Cristo para tu vida.

Nunca debes, por tus limitaciones, pasarle a otro tu responsabilidad. Tú eres responsable. Los discípulos quisieron despachar la multitud, que fueran ellos a buscar su comida; pero Jesús les dio a ellos la instrucción: Dadles vosotros de comer. La gente siempre dice “fulano debería hacer tal cosa”; pero, ¿y tú? ¿Qué tú estás haciendo? “El gobierno debería…” pero, ¿y tú, qué estás haciendo?

No eches la culpa de tus problemas a nadie; nadie es responsable, nadie te tiene que salvar ni sacar de nada. Ya hubo uno que hizo por ti, dos mil años atrás. Con los pocos panes y peces que tú tienes en tus manos, dale de comer a miles. Deja que Dios multiplique aquello que tú tienes en tu mano, poniéndolo al servicio de Dios.

Tus recursos son limitados en tus manos, pero en las manos de Dios, se pueden multiplicar, y pueden darle de comer a miles. Que tu corazón se abra a las posibilidades de lo que Dios puede hacer contigo. Sal de ti mismo, y mira este mundo como un que necesita de Jesucristo y de alguien que tome responsabilidad.
Lo que cambia tu vida no es el día que se te da una ayuda, sino el que la iglesia haga lo que le corresponde hacer, que es predicarte la Palabra de Dios, que te despierta para que tú puedas tomar autoridad sobre tu vida, y tú mismo resuelvas tus problemas.

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