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miércoles, 7 de junio de 2017

Cómo somos útiles

Ni aun el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.Marcos 10:45


Quiero rendir un sincero homenaje a todas las personas que tienen claro el concepto del servicio. A las personas que dedican gran parte de su tiempo a servir a otros, son voluntarias de organizaciones y sacrifican de su tiempo para servir. Las admiro y le pido a Dios que las siga usando de una manera poderosa dondequiera que desempeñen ese don.


Sin duda alguna, el servicio es un don o un llamado. Hay personas que nacemos con ese llamado de ayudar, servir y escuchar al necesitado. Otras, aunque quizá no tengan la pasión, quieren aprender, se preparan y, de igual modo, lo hacen de una manera hermosa.


El servicio es un privilegio. La Palabra de Dios dice que «hay más dicha en dar que en recibir» (Hechos 20:35). Se siente una satisfacción muy grande cuando puedes extender la mano y ayudar. No hablamos de reconocimientos económicos, pues es lo que menos dinero deja, sino de lo mucho que vale una sonrisa, una lágrima por agradecimiento y el saber que, a fin de cuentas, no lo hacemos para nosotros, sino para Dios.


El mejor ejemplo, como digo a menudo, nos lo dejó Jesús. Siendo el Hijo de Dios vino para servir. Iba a todas partes y, a cualquier parte que llegaba, lo hacía para sanar, liberar y enseñar. Incluso, hizo algo de gran significado: Les lavó los pies a sus discípulos. Jesús era un servidor por excelencia.


Pidámosle a Dios que nos guíe para ser buenos servidores y que produzca en nosotros «tanto el querer como el hacer» (Filipenses 2:13).

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