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martes, 23 de mayo de 2017

Terrible fantasma

Lee Salmos 56.2-4


Pocas cosas hay en la vida que nos hagan sentir peor que la inseguridad. En el libro de los Salmos, el 125 y versículo 1 expresa: «Los que confían en Jehová son como el monte de Sion, que no se mueve, sino que permanece para siempre». La palabra que se traduce como «confían» significa encontrar todos y cada uno de los aspectos de nuestra seguridad en Dios, aunque no podamos verlo.
Mucho de los celos que sentimos, la envidia, la manipulación, la incredulidad y la falta de autoestima pueden tener su triste origen en nuestra inseguridad. Te sorprenderías si supieras cuántas personas que parecen realizadas son crónicamente inseguras. Aunque la inseguridad puede originarse por toda clase de experiencias, hay un momento en nuestros años formativos cuando alguna persona clave —un padre, una madre, un hermano, un maestro, un ministro religioso—, que supuestamente debía darnos seguridad, nos produjo inseguridad. Nos sobrevino entonces un temblor en el alma que es imposible de calmar naturalmente. Agreguemos a esto los momentos en que nosotros mismos nos decepcionamos y no llegamos a la altura deseada.


La inseguridad es un problema serio, pero basar nuestra seguridad en nosotros mismos puede ser un problema aún mayor. La Biblia dice en Salmos 30.6-7: «En mi prosperidad dije yo: No seré jamás conmovido, porque tú, Jehová, con tu favor me afirmaste como monte fuerte. Escondiste tu rostro, fui turbado». El rey David era el primero en adjudicar su prosperidad o seguridad a Dios, pero en algún momento basó su seguridad sobre la bendición de Dios, en lugar de sobre Dios mismo. Con frecuencia conocemos lo suficiente como para no adjudicar nuestra seguridad a cosas mundanas, pero la tentación más grande es basar nuestra seguridad en las bendiciones, no en el que bendice.


En ocasiones podemos fundamentar nuestra seguridad en el favor que Dios nos ha demostrado, pero el favor de Dios no es sinónimo de su persona. Si ponemos nuestra confianza en las manifestaciones del favor de Dios en lugar de ponerla en Dios mismo, nos derretiremos como soldaditos de chocolate cuando llegue el momento de mostrar que vivimos por fe y no por vista.


Reflexión:


Dios es conmigo. Estoy seguro como una roca porque confío en Él.

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