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domingo, 21 de mayo de 2017

SAL, SÍGUEME Y VE

Hay tres palabras a las cual todos debemos reaccionar: Sal, sígueme, y ve. Mientras más rápido reacciones a ellas, más rápido verás la promesa de Dios en tu vida.

Cuando analizas la Biblia, la palabra sal se ve a lo largo del Antiguo Testamento: Sal de Egipto, de Babilonia, de tu tierra, salgan de allí. Cuando sales, lo haces hacia una palabra de promesa, a pesar de que, naturalmente, no tienes nada claro porque no sabes cómo Dios cumplirá su promesa. Ahora, la palabra sígueme se ve en el Nuevo Testamento a través de Cristo. Cuando llega Cristo, no se trata de salir del lugar de corrupción –que era Roma – para ser libres, sino de seguirlo a Él. Cuando sigues a alguien, tienes claro hacia dónde debes caminar, y en esta ocasión era Jesucristo, el autor y consumador de la fe.

Puestos los ojos en Jesús, ahora se tiene un modelo, alguien que se puede compadecer de nosotros porque vivió en nuestra carne. Seguir no es lo mismo que salir, porque requiere compromiso, obediencia y reacciones inmediatas. Seguir a Jesús requiere obediencia inmediata y requiere renunciar a muchas cosas; es por esto que hay mucha gente que confiesa a Jesús como su Salvador, pero no puede seguirle. En la Biblia, al joven rico, Jesús le dijo: Deja la vida que tienes, y sígueme; pero el joven no lo hizo porque tendría que vender todos sus bienes y darle las ganancias a los pobres. A otros que les dijo sígueme, no pudieron hacerlo porque pensaron en sus padres y familiares. Para poder seguirle, la respuesta de estos debió ser inmediata y automática, debió ser: Te seguiré. Cuando Jesús decía sígueme era una instrucción inmediata para la cual no había tiempo de hacer arreglos.

Jesús estaba buscando gente que entendiera que, el que le siguiera, recibiría cosas más grandes de las que ellos jamás habían experimentado. Los doce discípulos, hombres que decidieron seguirle, dejaron todo, olvidaron lo que tenían y siguieron al Maestro, siguieron su ejemplo. Aquellos doce hombres recibieron grandes promesas, pero tuvieron que entregarlo todo y renunciar a todo. En aquellos tiempos era un honor que un rabí te llamara para ser su discípulo, y papá y mamá sabían que, el día que eso sucediera, tenían que renunciar a su hijo porque todo lo demás pasaba a un segundo plano.

El problema de la iglesia hoy, es que quieren que sus hijos sirvan completamente al Señor, mientras trabajan a tiempo completo con otros intereses. Esta vida de seguir a Cristo requiere que se renuncie a todo lo que hay afuera. Cuando te atreves a seguir a Jesús por encima de todas las cosas, ahí es cuando puedes alcanzar las promesas que jamás habías alcanzado. La promesa de los que siguen a Cristo, de los que dejan a su tierra y a su parentela es que Dios los bendice en el camino por donde van. Cada instrucción de Dios tiene una recompensa para tu vida. Todo el que se atreve a salir puede creer en la bendición, puede creer que, en esta vida, recibirá cien veces más de lo que dejó.

“Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna.”
Mateo 19:29

Al que sale, Dios lo bendice; al que sigue, Dios le multiplica; y al que va, Dios le promete ir con él. Cuando Jesús se transfiguró ante sus discípulos, aparecieron Elías y Moisés. A causa de aquella experiencia, los discípulos quisieron permanecer allí, pero Jesús les dijo: Ya tuvieron esta experiencia, ahora vayan porque hay un mundo que ganar, y algo más grande que quiero hacer con ustedes.

Recibe estas palabras que Dios hoy te está diciendo: Sal, sígueme y ve. Atrévete a renunciar a cosas que hay en tu vida, para salir, seguir a Cristo, e ir. Cristo te dice: Entrega todo, deja todo lo que tú has creído que no podías hacer, y sígueme, y yo te aseguro que no hay nada que dejes en esta tierra por mí que yo no te lo pueda devolver al ciento por uno. Te dice: Si tú vas en este camino conmigo y te atreves a ir en la autoridad que yo te he dado, a dondequiera que vayas mi presencia irá contigo. Cuando sales a predicar y ganas almas con autoridad para transformarles, ahí es que Dios aparecerá y verás milagros, verás cómo Dios entrará en tu vida, cómo te dará favor y gracia, te abrirá puertas. La presencia de Dios irá y te dará descanso de los problemas y de las dificultades, de lo que el mundo quiere hacer en contra tuya.

La presencia de Dios es prometida para aquellos que salen a hacer discípulos; el descanso de Dios es prometido para aquel que se atreve entrar en el viaje y caminar, sabiendo que lo van a rechazar a abandonar, que no te van a recibir. Tienes que entender y recibir en tu corazón que la presencia de Dios va contigo dondequiera que tú vayas. Sal, gana almas para Cristo, transforma familias una a la vez, empéñate en ganarte a uno, en enseñarle la Palabra con tu ejemplo. Dios va a ir contigo, vas a ver el favor y la gracia, verás cómo te abre puertas. Tendrás descanso y tranquilidad en tu vida, y recibirás tu promesa, simplemente por obedecer cuando Él te dice: Sal, sígueme y ve.

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