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viernes, 19 de mayo de 2017

Misericordia y gracia

«Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro», Hebreos 4: 16


Yo TENDRÍA SEIS O SIETE AÑOS de edad cuando un equipo profesional de fútbol llegó a mi ciudad. Los jugadores famosos de aquella época caminaban por las calles céntricas. Todos los niños se acercaban a pedir autógrafos. Las máquinas fotográficas no eran tan comunes como hoy, y el fotógrafo de la ciudad estaba haciendo una fiesta particular. Yo, curioso como cualquier niño, caminaba al lado de la multitud; pero tímido, como siempre, no me atrevía a acercarme a jugadores tan famosos, a los que conocía solo por la radio y los periódicos.
De repente un jugador moreno, bajito, llamado Vides Mosquera, me llamó. Yo miré a todos lados; ino podría estar llamándome a mí! El no me conocía, y yo era apenas un niño en medio de la multitud. Pero era verdad: ime estaba llamando a mí! Jamás me olvidé de él, y siempre seguí su trayectoria, aunque jamás jugó para el equipo de mi preferencia.


Distancias aparte, hoy pienso en el trono de Dios, el Rey del universo. ¿Cómo acercarnos al Señor, si no somos más que pobres pecadores? No lo merecemos; no somos dignos. Todos estamos destituidos de su gloria y condenados a muerte eterna. No hay justo, ni siquiera uno; no hay quien haga el bien. No; de hecho, no tenemos ningún derecho.
Pero el versículo de hoy afirma que podemos ir confiadamente a él. ¿Por qué? Hay dos motivos: su misericordia y su gracia. Por su misericordia, Dios no nos da lo que merecemos, que es la muerte; y por su gracia, nos da lo que no merecemos, que es la vida eterna.


Alcanzar misericordia y hallar gracia. ¿Dónde? Junto al trono del Señor. ¿Para qué? Para el oportuno socorro. !Ah! cómo necesitamos de auxilio y socorro. Hay momentos en la vida en que te sientes tan lejos de Dios; como si él te hubiese abandonado, Lo necesitas tanto; pero te sientes tan distante, y piensas que todo está perdido.


En momentos como esos, acuérdate de la promesa de hoy. Nada tienes que temen Confía en el amor maravilloso de Dios, a pesar de tus deslices; a despecho de tus incoherencias. Dios te ama, y el Señor Jesús pagó el precio de tus rebeldías en la cruz del Calvario.
Por eso hoy sal de tu hogar sin temor, recordando el consejo bíblico: «Acerquérnonos, pues, confiadarnente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro».

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