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sábado, 27 de mayo de 2017

EN EL MAR ROJO

“Busqué a Jehová, y él me oyó y me libró de todos mis temores” (Sal. 34:4).

¿Alguna vez has estado “de pie” a orillas del Mar Rojo, como los israelitas la noche que salieron de Egipto? Cuando algún desafío de la vida aparece delante de mí, me siento como si estuviera “de pie” frente al Mar Rojo, con espejismos de imposibilidades ante mí. Miro hacia atrás, y visualizo al enemigo que se acerca rápidamente. En ninguna dirección veo escapatoria. Me siento agobiada, no puedo descansar ni dormir. No sé qué hacer, dónde ir, cómo llegar al otro lado.
Estoy cansada, derrotada; nadie me entiende. Lloro en silencio. Luego, en mi angustia, miro al Cielo con un corazón sincero e imploro: “¡Señor, ayúdame! No puedo hacer esto sola. Dame la fuerza y la sabiduría para hacer lo que debe hacerse”.


Cuando Daniel clamó al Señor, Gabriel fue enviado en respuesta a su oración: “Al principio de tus ruegos fue dada la orden” (Dan. 9:23). Al considerarlo, una liberación sin igual me llena. Una paz que sobrepasa todo entendimiento me inunda. Sí, el Mar Rojo sigue ahí, pero de alguna manera ahora puedo ver alternativas.


Un horizonte aparece al otro lado del desafío. Me doy cuenta ahora de nuevas alternativas de salida, que no sabía que existían. Tengo esperanza. Un camino se ha preparado para mí. ¡Mi Dios ha escuchado mi oración y me ha enviado alivio! ¿Por qué esperé tanto en esas condiciones, antes de orar?A menudo recuerdo estas famosas líneas: “¡Oh qué amigo nos es Cristo!, / él llevó nuestra aflicción; / y nos manda que llevemos/todo a Dios en oración”. Aunque cantamos estas palabras con tanto fervor, muchas veces seguimos albergando temor, preocupación y dolor en nuestra alma.


Con frecuencia, llegamos al límite antes de recordar clamar a Jesús, lo cual hubiera disminuido nuestra angustia desde el primer llamado a su nombre.Tal vez estás de pie frente al Mar Rojo, sin ninguna ayuda aparente en el horizonte. Quizá tienes pruebas en casa, en el trabajo o en la escuela. Tal vez lo hayas intentado todo, has agotado cada gramo de energía. No tienes nada más que dar. Con un corazón confiado, clama a Jesús. Él está esperando oír tu invitación a entrar más profundamente en tu vida. Él ya sabe lo que está pasando. Tienes todo que ganar y nada que perder. ¡Haz esa llamada!

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