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viernes, 14 de abril de 2017

De lo artificial a lo natural

«Cuando contemplo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que allí fijaste, me pregunto:

“¿Qué es el hombre, para que en él pienses? ¿Qué es el ser humano, para que lo tomes en cuenta?”». Salmo 8:3-4, XVI

DIOS NOS INSTA a contemplar sus obras en el mundo natural. Desea que todos apartemos nuestra mente del estudio de lo artificial para dedicarlo a lo natural. Comprenderemos mejor al Creador cuando nos detengamos a contemplar los paisajes naturales, y contemplemos las obras que él ha hecho con sus propias manos modelando las colinas, y poniéndolas en su lugar, a fin de que no se muevan sino a su mandato. El viento, el sol, la lluvia, la nieve y el hielo son servidores que cumplen su voluntad. Para el cristiano, el amor y la benevolencia de Dios pueden verse en cada don de su mano. Las bellezas de la naturaleza son motivo de su contemplación. Al estudiar los encantos naturales que nos rodean, la mente pasa de la naturaleza al Autor de todo lo bello. Todas las obras de Dios apelan a nuestros sentidos, magnificando su poder y exaltando su sabiduría. Cada criatura tiene en sus encantos aspectos interesantes para el hijo de Dios, y moldean su gusto para contemplar esas preciosas evidencias del amor de Dios por encima de las obras de la habilidad humana.

Con palabras saturadas de ardiente fervor, el profeta magnifica a Dios en sus Obras creadas: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, y la luna y las estrellas que has creado, me pregunto: ¿Qué es el ser humano, para que en él pienses? ¿Qué es la humanidad, para que la tomes en cuenta?» (Sal. 8: 3-4, RVC)

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