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sábado, 15 de abril de 2017

Cuidado!

El que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua de mal, y sus labios no hablen engaño». 1 Pedro 3: 10

ME ACUERDO de la segunda vez que nos vimos. También de la primera. Nos hablamos en el parque del colegio. Contamos nuestras historias, y pensé que llegaríamos a ser grandes amigos.

Pero la segunda vez quedó marcada en mi memoria para siempre. Me contó una historia triste, me conmovió, y le di lo que tenía en el bolsillo: el dinero que yo necesitaba para comprar un libro. Sin libro y sin dinero fui a la biblioteca y estudié allí. Me sentía bien, habiéndole hecho un favor a mi amigo. Cualquier sacrificio valía la pena. Lo había sacado de una situación difícil; por lo menos eso creía yo. Al volver a casa, lo vi en la cantina, pagándole la cuenta a un grupo de
A partir de aquel día, él se distanció de mí. Nunca me dio una explicación.
Simplemente, se alejó, y jamás me devolvió el dinero.

¿Quién perdió y quién ganó? No fui ingenuo al creer en su historia; confié en él. Gané. Perdí el dinero, pero gané en experiencia. Aprendí a conocer mejor al ser humano. La vida pasó. Un día de esos, mientras conversaba con colegas de antaño, alguien lo mencionó. Continúa con la misma actitud: tratando de engañar a todos los que encuentra en su camino. Nada logró. Envejeció, sin pena ni gloria. La vida se le fue, y jamás vio «días buenos».

El apóstol Pedro habla en el versículo de hoy de la importancia de usar la lengua para construir, y no para destruir. Se menciona de manera específica la palabra «engaño», como uno de los peores instrumentos del lenguaje. Engaño, en el original griego, es dolos. Significa decir cosas bonitas con la intención de alcanzar propósitos malos.

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