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miércoles, 26 de abril de 2017

ACERQUÉMONOS CONFIADAMENTE

«Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado. Por tanto, acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para cuando necesitemos ayuda». Hebreos 4: 15-16, RVC.

JESÚS CONOCE LAS NECESIDADES de sus hijos y le gusta escuchar sus oraciones. Que sus hijos se aparten del mundo y de todo lo que pudiera apartar sus pensamientos de Dios, y que sientan que están individual y personalmente con el Señor, cuyo ojo contempla lo más profundo del corazón, y lee los deseos del alma, y que pueden hablar con Dios.

Con fe humilde, podemos pedir el cumplimiento de sus promesas, y sentir que aunque no tenemos nada en nosotros mismos que pudiera servirnos para suplicar el favor de Dios, gracias a los méritos y la justicia de Cristo, «acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro» (Heb. 4: 16). Nada puede fortalecer tanto al creyente para resistir las tentaciones de Satanás en el gran conflicto de la vida, como buscar a Dios con humildad, y presentar delante de él nuestra alma en toda su indigencia, a la espera de que él será nuestro Ayudador y Defensor.


Con la fe confiada de un niño, hemos de acudir a nuestro Padre celestial, contándole todas nuestras necesidades. El siempre está listo para perdonarnos y ayudarnos. La fuente de sabiduría divina es inagotable, y el Señor nos anima a sacar abundantemente de ella. El anhelo que podríamos tener de bendiciones espirituales se describe en estas Palabras: «Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía» (Sal. 42: 1, RVA).
Necesitamos una profunda hambre espiritual por los ricos dones que el cielo puede concedernos. Debemos tener hambre y sed de justicia.

Ojalá tuviéramos un vehemente deseo de comprender a Dios con un conocimiento experimental, de llegar a la sala de audiencias del Altísimo con la mano de la fe en alto y cayendo de rodillas desvalidos ante Aquel que es poderoso para salvar. Su amorosa bondad está por encima de la vida

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